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Clínica con los Afectados: Culpa y Silencio

clinicadelosafectadosSabemos que algún día moriremos. Es la muerte propia y la de nuestros seres queridos algo que es tenido en consideración pero no siempre del mismo modo. Modo, acerca del cual nos ubicamos, algunas veces referidos a la verdad y otras produciendo el más profundo alejamiento de ella. El psicoanálisis nos anticipa la importancia que para la vida de un sujeto tiene el conocimiento o desconocimiento de los hechos acaecidos, en especial, aquellos que anudan la propia historia o la historia familiar.

Y,si con relación a los hechos, algunos por su especial devenir, producen en el imaginario social el rechazo y el horror, coincidimos en suponer que su necesaria ubicación en el entramado significante sea por lo demás accidentada y desarticuladora.

Es imperioso para un sujeto, y más si éste sujeto es niño o adolescente, llegar a realizar una construcción de los hechos reales que de alguna manera signan su vida.

La muerte es uno de ellos. Y el suicidio, una manera peculiar de morirse.

Para considerar los efectos que un suicido tiene en lo social debemos realizar algunas puntuaciones necesarias que nos permitan avanzar sobre éste.

La trilogía que componen: tabú, culpa y silencio son posibilidades para “echar alguna luz” en la temática respecto del enigma, el legado y la participación en los afectados.

En 1913, Freud escribe en “Tótem y Tabú” que…”los fines del tabú (en un grupo social) son diversos pero designan las tres nociones siguientes: a) el carácter sagrado (o impuro) de personas u objetos, b) la (…) prohibición que de éste carácter emana y c) la (…) impurificación resultante de la violación del mismo.

Agreguemos que “para nosotros designa dos significaciones paralelas: la de lo sagrado y la de lo inquietante, peligroso, prohibido o impuro. En polinesio, lo contrario de tabú es noa, o lo accesible a todo el mundo.”

Existen tabús permanentes y tabús temporales. Los sacerdotes y los jefes, así como los muertos y todo lo que con ellos se relaciona, pertenecen a la primera clase. Es decir, a los permanentes.

Freud aclara lo importante más adelante cuando sostiene que “…se trata de una serie de limitaciones a las que se someten los pueblos (…) ignorando sus razones y sin preocuparse siquiera de investigarlas, pero considerándolas como cosa natural y convencidos de que su violación les atraería los peores castigos.”

Continúa realizando un paralelismo entre éstas posiciones y las prohibiciones obsesivas arrojando cierta luz sobre el problema del suicidio pues en ambas la prohibición “central y principal” es la de ponerse en contacto. Es así que se establece un verdadero “delire de toucher” ó delirio de contacto, para el sujeto.

¿Por qué hablamos del tabú con relación a los afectados?

Porque ellos representan una de las formas más acabadas donde el tabú se hace presente, vía dos posibilidades: la de ser en sí mismos objetos tabú en el seno de lo social, y la de padecer y sostener en su historia un acto constante de presentificación del tabú, considerando al suicida, al suicida respecto del cual han sido afectados, como tabú y guardando en su vida respecto del asunto en cuestión un hermético silencio.

Si los pueblos antiguos ofrecían sacrificios como modos de reconciliación frente a la posibilidad de una transgresión y al temor al tabú, me pregunto cuáles son los sacrificios que en la modernidad los sujetos tienen que pagar para “sentirse en paz”.

En los afectados se hace presente la situación de encarnar un silencio en la convicción que de esa manera, alguna resolución vaya a advenir, ocurra, pagando con su sufrimiento un destino incierto.

“Uno de los tabús más singulares entre los que se refieren al luto, consiste en la prohibición de pronunciar el nombre del muerto.”

Entre la multiplicidad de pueblos primitivos que observan dicha restricción, Freud cita a losmassai de Africa, que frente a ésta desarrollan la habilidad particular de “cambiar” el modo de llamar al difunto inmediatamente después del hecho, con el objeto de poder citarlo sin temor.

Este “tabú nominal” se extiende a todo lo que rodea al muerto obstaculizando así cualquier conocimiento de su historia.

La situación de luto natural o duelo normal no alcanza a explicarnos dicha restricción pues aquellos que lloran un muerto lo evocan en sus conversaciones y procuran conservar vivo su recuerdo durante el mayor tiempo posible.

Parece claro que el suicidio, como en toda ausencia tabú, hace necesario poner el recuerdo “a distancia”. Nombrar y hacer presente el horror son sinónimos.

E. ha perdido a su hijo hace alrededor de un año, cuando, posteriormente a un abandono de la esposa y alegando la imposibilidad de aceptar la distancia de ésta y sus hijas, se pega un tiro.

Durante las primeras consultas y tiempo de trabajo grupal le resulta imposible nombrarlo por su nombre de pila y acepta con cierto malestar el pedido del analista al respecto.

“Me cuesta decirlo” aclara y rompe a llorar una y otra vez. A veces, alguno del grupo se lo hace notar con cautela y afecto, siendo poco a poco recibido como un modo de sostén y aceptación y le permite ir cambiando una mirada reservada y pudorosa, y transformarla en una mirada franca.

Estas situaciones se repiten indefinidamente en las consultas, sean grupales o individuales y son pocos los sujetos donde no aparece.

En los relatos se evidencia insistentemente bajo la forma de interrupciones discursivas o repeticiones de una jerga particular y compartida, estableciendo una manera de designar al faltante; pero, lo que podría interpretarse como una forma de discreción o respeto desemboca en un “rebusque” gramatical que distorsiona lo que se intenta designar y revelan un motivo inconsciente bajo el ocultamiento.

La suspensión del nombre del muerto o el estatuto de su causa –el suicidio- bajo cualquiera de sus derivados: suicidio, suicida, suicidarse, etc. son velados, estableciéndose al inicio del trabajo analítico variadas formas de justificación personal o compartida (hacia otro miembro del grupo) respecto de su falta.

Caen en la cuenta, bajo su señalamiento oportuno (en especial en el trabajo con grupos) de un obstáculo que va mucho más allá de una situación de duelo.

No pueden nombrar al suicida por el nombre y se apoyan en referencias anexas: “él”, “ella” o una continuidad gramatical donde, precisamente, el “sujeto” de la oración no se presenta.

Esta no-presencia hace más presente al suicida, como una falta imposible de bordear o circunscribir con la palabra.

Sigue diciendo Freud,”… se enfurecen contra el extranjero sin escrúpulos que, pronunciando el nombre del muerto, lo hace surgir entre los vivos”. El analista.

En la segunda consulta grupal, un analista menciona con claridad el nombre faltante de un suicida, allegado a G. que en ese momento tomaba la palabra y se refería a él sin nombrarlo, en un momento del relato en que se evidencia una extrema emoción, interrumpiéndola.

G. le dirige una mirada desafiante y desaprobadora, que es acompañada por otros que se le unen.

Sigue Freud, “… Análogas en sus rasgos esenciales son las restricciones tabú a que se hallan sujetas las personas cuyo contacto con el muerto debe comprenderse en el sentido figurado de la palabra; esto es, los familiares del difunto” , y más adelante, al explicar los motivos primitivos refiere “… la intención de mantener alejado el espíritu del muerto (…) pues suponen que el espíritu no se separa de sus familiares supervivientes y continúa flotando durante un período”.

El tabú ha nacido en el terreno de una ambivalencia afectiva y la hostilidad presente en cada vínculo, de la que no se quiere saber nada, desemboca en un insistente modo de conjurar, vía el silencio, la agresividad y los deseos rechazados hacia el suicida.

La culpa en la trilogía de la participación, constituye un modo de “mantener a raya” las pulsiones agresivas.

En el trabajo clínico con los afectados es reiterada la forma en que la hostilidad es apartada del tema. Suelen tener dificultades en referirse al enojo y la furia que padecen bajo el manto de piedad y angustia que los cobija y les permite circunscribir el terreno y evitar los desbordes de agresividad.

Hacia el final de “Antígona”, Creonte es testigo de los suicidios sucesivos de su hijo y de su esposa, luego del de la misma Antígona, y llora:

“Ay de mi, yo fui el autor de éste crimen. ¿A quién podría jamás acusarse de él? Yo, yo fui solamente quien quitó la vida, yo y nadie más (…) Oh, servidores, llevadme fuera, llevadme pronto (…) a mi que no soy nadie, a mi que no soy nada.”

El tabú y el silencio aparecen en la figura de los afectados como un encadenamiento que impide todo trabajo de duelo, y por ende toda nueva significación del objeto perdido que posibilite la circulación de aquello que hace posible otro lazo.

A veces la forma trágica de ubicarse frente al hecho precipita acciones destinadas a dominar omnipotentemente cualquier vestigio de duda, incertidumbre o imposibilidad de respuesta única, elemento que insisten en encontrar aún cuando las interrogaciones repetidas los dejen una y otra vez en el sin respuesta.

Una paciente cuyo hijo adicto se había suicidado varios años antes, transitaba recurrentemente por “grupos de apoyo” en los que se trabaja y permanece sobre lo sintomático. Intenta dar cuenta de su “solución” al dilema por el enigma, afirmando, desde lo omnipotente, cual era la salida que se debía hacer, tal como lo había experimentado, es decir, “conocer del tema y hacerse amiga del suicidio”.

Su llegada a la consulta venía de la mano de un cáncer de útero.

El suicidio como atalaje a la desventura de la pérdida, se encarga de agregar a la situación una “obediencia retrospectiva histórica” que coloca a un sujeto más en relación a una culpa trágica, a la manera griega, que a la subjetividad del uno por uno.

Nuestro trabajo con afectados se plantea un desafío.

Trabajar analíticamente. Casi a contramano de las soluciones a corto plazo.

No propendemos al enquistamiento en una versión más de resoluciones modernas.

No establecemos una forma nueva de asistencia.

Proponemos un esfuerzo renovado en suponer un sujeto allí donde, ¿parece?, no lo hay.

Lic. Diana Altavilla, Psicóloga-psicoanalista
Coordinadora equipo asistencial del Centro de atención al Familiar del Suicida

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