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La Crisis del Hombre Posmoderno

crisishombrepostmoderno“El consumo tiene como ideal la felicidad, pero no la trae. La felicidad es una cosa que no tenemos a nuestra disposición” Gilles Lipovetsky.

ÍNDICE

  1. Introducción.
  2. Los tiempos cambian y las crisis también.
  3. La adolescencia en busca de un modelo.
  4. La crisis de la mediana edad.
  5. ¿Qué hacemos con los viejos?.
  6. La Tercera Edad: Una etapa vital con sentido.
  7. Conclusión.
  8. Bibliografía.

Introducción
Lejos de nuestro interés está perdernos en un análisis netamente crítico, en el peor de los sentidos, respecto de la era que nos toca. Bastaría con echar una vaga mirada por sobre el pasado de nuestra humanidad, aun desde sus comienzos, para observar con obviedad que los tiempos jamás han sido fáciles, que las crisis del hombre podrían tener formas diferentes entonces pero que sin duda han sido siempre el compañero más ineludible. Ya en los relatos bíblicos, la génesis del mundo parecería girar en torno a sentencias autoritarias y nada alentadoras que, lejos de consolar al hombre, lo estarían lanzando de bruces y descalzo al centro mismo del peor huracán.

“Te ganarás el pan con el sudor de la frente”, “parirás a tus hijos con dolor”, otras tantas frases similares y un sin fin de prohibiciones en nada compatibles con la naturaleza humana y por ende en total contradicción, no hacen más que recordarnos que desde el más remoto principio hemos sido empujados a una crisis de la cual la vida misma no puede sustraerse. Sin embargo, no es menos cierto que, como en todas las cosas, generalmente existe siempre más de una manera, otro camino, una segunda opción, y por lo tanto también más de una forma de atravesar la crisis que nos toque. Y por supuesto que, para determinar cuál será aquella ruta más propicia, nada mejor que conocer a fondo las características de nuestro obstáculo.

En otras palabras: Es necesario conocer a fondo nuestra crisis, su causa y su razón de ser, para poder enfrentarla con entereza y para de ser posible superarla. Y es justamente eso, conocer los detalles y los motivos de la crisis que es propia del ser humano actual, lo que pretendemos al menos vislumbrar mediante el análisis que aquí mismo comienza. Para ello, desde ya, será necesario comparar esta era con la pasada modernidad y ver así los puntos en común, lo que ha cambiado, cómo esto afecta al hombre de hoy en día y en qué lo vuelve entonces diferente. Dicho de otra manera: Averiguar cuál es en realidad la crisis del hombre posmoderno.

Los tiempos cambian y las crisis también
Para hablar del tema que nos compete, consideramos conveniente hacer un breve recorrido por los tiempos pretéritos para así, a modo de diferencia, poder establecer relaciones y sus consecuentes conclusiones. Sin pretender, claro, cometer excesos inapropiados que nos remitan a los tiempos del Cromagnon, sí creemos oportuno hacer un breve recordatorio de nuestra no tan lejana (históricamente hablando) Modernidad.

A modo de recordatorio, vale entonces decir que la Modernidad comenzó a gestarse en la Baja Edad Media (Siglo.XVII y XVIII) a la par del surgimiento de una nueva clase social, la burguesía, y la implementación del Capitalismo. La conformación de los Estados nacionales y la reforma protestante le brindaron el último envión para su apogeo, a la vez que los novedosos descubrimientos de Copérnico, Galileo y Newton entre otros, la asociarían para siempre con el desarrollo científico. En el siglo XIX, mientras se consolidan algunos de sus postulados, otros comienzan a ser criticados y replanteados, principalmente los relacionados con las diferencias sociales surgidas a raíz del Capitalismo. Aun así, hasta los críticos creían en el progreso y en la ciencia, es decir, proclamaban los ideales de la modernidad.

Según Lipovetsky, “La sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica, se instituyó como ruptura con las jerarquías de sangre y la soberanía sagrada, con las tradiciones y los particularismos en nombre de lo universal, de la razón, de la revolución”. La ciencia y la revolución, entonces, eran los dos grandes ejes de la modernidad. Las promesas científicas habían triunfado por sobre las promesas de la religión. La ciencia había reemplazado a Dios.

Es a partir de la Segunda Guerra Mundial que se inicia un proceso de cambio a nivel económico social con el surgimiento de las sociedades postindustriales, ámbito donde se desarrollan las ideas de nuestra era posmoderna. Y tal vez podríamos decir que, en cierta forma, con la llegada de la posmodernidad el avance tecnológico también trajo consigo el sobrearmamento de las grandes potencias, la degradación del medio ambiente, el abandono acrecentado de los individuos.

Tal vez los ideales por los cuales generaciones entregaron sus vidas fueron olvidados, tal vez las ideologías han muerto, tal vez el compromiso político y social fue reemplazado por la indiferencia de las masas. Según el autor antes mencionado (Gilles Lipovetsky), en su libro “La era del vacío”, en la posmodernidad nada es definitivo y nadie se plantea cambiar radicalmente la sociedad. Para dicho autor, “la posmodernidad es la era del vacío”, y este es un punto al que deberemos prestar crucial interés debido a que aquí hallaremos seguramente una de las razones principales de la tan mencionada crisis que estamos estudiando.

Tenemos entonces que, al parecer, esta era posmoderna disuelve la fe en el futuro y así ninguna ideología o proyecto político resulta movilizador. Así es que en esta era del individualismo sólo se busca vivir en el presente, en el aquí y ahora. Las instituciones pierden influencia, la familia pierde credibilidad, se hace un culto del cuerpo y de la frivolidad, los valores pierden su jerarquía y los más valorado es lo material, todos quieren ser eternamente jóvenes, la adolescencia se prolonga (en algunos casos), los cirujanos plásticos borran las barreras entre generaciones, surge una cultura de la imagen que hace que todos quieran “estar en vidriera” y mostrarse, y nos agobia la incomunicación pese a vivir la era de las comunicaciones. La pregunta entonces será: ¿No son acaso todos estos indicadores, razones más que evidentes para afirmar que la crisis del hombre actual lejos está de ser la misma que otrora?

Sin duda, más allá de las circunstancias externas y de la época en cuestión, seguramente habrá puntos críticos en común. En todas las épocas de la historia hombres y mujeres atravesaron los distintos estadios de su evolución con crisis de por medio (crecer siempre implica una crisis a transitar y a resolver). Pero lo que a continuación tendremos especialmente en cuenta será cómo algunas de esas crisis (adolescencia, mediana edad y vejez) se ven afectadas y se manifiestan agravadas o no por este componente posmoderno.

La adolescencia en busca de un modelo
La adolescencia, etapa sin duda crítica, comienza aproximadamente entre los 11 y los 12 años y se extiende hasta una fecha bastante imprecisa. En estos tiempos nuevos de los cuales nos ocupamos aquí, el término de esta etapa podríamos decir que se ha extendido pudiendo llegar incluso hasta los 30 años o más. Por supuesto que no en todos los casos sino en situaciones particulares. Y esto último se observa especialmente en las familias de clase media o clase media alta. Sin embargo, esta extensión en el tiempo parece ser consecuencia también de esta era posmoderna, donde efectos como los de la Globalización (uno de los últimos logros posmodernos) en países subdesarrollados han hecho, entre otras cosas, que los adolescentes con problemas para insertarse laboralmente en el mercado prolonguen su estadía en casa de sus padres y no se independicen. Y esto, desde luego, habrá de tener algún tipo de efecto sobre el entorno familiar.

Muy por el contrario, si tomamos los casos de la clase más pobre (clase día a día en alarmante aumento), veremos que entonces la adolescencia no sólo no se prolonga en el tiempo sino que incluso tiende a desaparecer. Esto es muy claro cuando vemos niños que son obligados (a veces por la peor necesidad) a comenzar a trabajar y a hacerse cargo de sus familias. Creo que es conveniente recordar que la pobreza que trae aparejada semejantes cambios es otro producto claro de esta tan aberrante Globalización.

Al parecer, lo hasta aquí expuesto nos indica que el proceso de desprendimiento de los padres está siendo afectado en estos tiempos de diversas maneras. Y recordemos que la adolescencia es un proceso en el cual debe darse una crisis de desimbiotización paulatina (respecto de los padres) para lograr así una nueva identidad. Es un proceso de desprendimiento que se produce, según Arminda Aberastury, porque con la madurez sexual ya se hace posible el incesto. También podríamos decir que la adolescencia es el tránsito de la endogamia a la exogamia, y donde por lo tanto el grupo de pares juega un rol principal. Para Aberastury, además, el adolescente debe pasar una serie de duelos. Uno de esos duelos es por la pérdida del cuerpo infantil (el sujeto asistiría pasivamente a la transformación de su cuerpo), otro duelo es por la pérdida de la identidad y del rol infantil, un tercer duelo será por la pérdida de los padres de la infancia, un cuarto duelo (implícito en los anteriores) es por la pérdida de la bisexualidad infantil. Para Aberastury, además, para que el desarrollo sexual del adolescente sea adecuado es importante que esté asentado en una escena primaria positiva (la que se relaciona con el amor mutuo entre los padres). Lamentablemente, esto último se ve altamente afectado en una era donde la familia misma está en crisis, al punto de que un amplio porcentaje de adolescentes no pudo más que presenciar el divorcio de sus progenitores y las arduas batallas de las cuales este derivó.

Por otra parte, Mauricio Knobel habla de la adolescencia como de un síndrome en el cual se dan una serie de síntomas. Estos síntomas son diez y creemos apropiado recordarlos:

1) Búsqueda de sí mismo y de la identidad>: Debido a las transformaciones en su cuerpo, a la perdida del cuerpo infantil, el adolescente empezará a mirarse y a buscar su identidad. Va a desprenderse de sus vínculos familiares y va a buscar su identidad en el grupo. En esta búsqueda de la identidad va ensayando distinto tipo de identidades.

2) Tendencia grupal: El grupo favorece el tránsito de la endogamia a la exogamia. En el grupo de pares encuentra referentes. Se dan identificaciones masivas (todos se identifican con todos). El grupo favorece además la emergencia de conductas psicopáticas.

Ÿ Se puede dar el acting out motriz (que implica conductas violentas de descarga motriz).

Ÿ Se puede dar el acting out afectivo (que implica descargas verbales que pueden herir).

3) Necesidad de intelectualizar y fantasear: Al adolescente le pasan cosas (cambios corporales) que no puede evitar. El adolescente entonces se vuelca sobre sí mismo, tiene una necesidad de intelectualizar como mecanismo de defensa. Y el adolescente tiene la necesidad de fantasear acerca de grandes cambios sociales, acerca de ideales.

4) Crisis religiosaEl adolescente se maneja entre el ateismo absoluto y el misticismo total. Tiene que ver con la búsqueda de figuras que le aseguran una continuidad de provisión. También pueden buscar consuelo en las religiones aquellos que hayan debido enfrentar pérdidas de familiares, por ejemplo.

5) Desubicación temporalAL adolescente le cuesta ubicarse temporalmente, proyectarse hacia el futuro. El adolescente vive el aquí y ahora, le cuesta decidir qué hará en un futuro.

6) Evolución sexual: Evolución sexual. Va desde el autoerotismo hasta la heterosexualidad. Se parte desde las prácticas masturbatorias (autoerotismo), que le permiten la exploración e incorporación de las transformaciones producidas y que también le sirve, según Aberastury, para descargar tensiones producto de tendencias incestuosas.

7) Tendencia social reivindicatoria>: El adolescente es un transformador social, quiere generar cambios. Esta tendencia parte de la perdida de los padres de la infancia, de ese duelo. El adolescente busca un mundo mejor.

8) Separación progresiva de los padres: Esta vinculada al duelo de perdida de los padres de la infancia. Y se vincula a la ambivalencia dual: donde el adolescente esta en transito de abandono de la infancia pero por otro lado quiere retener ciertas cosas de esa infancia. Es una separación progresiva, donde los padres acompañan esta separación.

9) Contradicción en la conducta: Al adolescente no se puede pedir una conducta rígida. Oscila entre la agresión y el amor, entre la responsabilidad y la irresponsabilidad. Busca todos los beneficios de la adultez y de la niñez (aplicaría mecanismos esquizoparanoides). Cuando hay conducta rígida en el adolescente es porque hay patología, algo anda mal.

10) Crisis de humor y del estado de ánimo: Apatía, tendencias a la soledad, depresiones. En la adolescencia se dan microcrisis depresivas (que son normales debido a que elabora duelos).

De lo expuesto por Knobel es sencillo deducir que la adolescencia es ya crítica de por sí, pero además es importante tener en cuenta para nuestro trabajo que algunas tendencias (síntomas) descriptos por dicho autor nos alertan especialmente en estos tiempos. ¿Con qué grupos habrá de identificarse ese adolescente? ¿Qué modelos habrá de tomar? ¿Cómo ponerlo a salvo de aquellas peligrosas sectas que apuntan justamente a hallar seguidores con sus características? ¿Cómo ponerlo a salvo de otros grupos semejantes e igual de desalmados que los anteriores? ¿Cómo de todos aquellos inescrupulosos que buscan estafar su sed de reivindicación social? Vale recordar que una secta destructiva es todo aquel grupo que, en su dinámica de captación usa técnicas de persuasión coercitiva que propician la destrucción o desestructuración de la personalidad previa del adepto. Y la tarea preventiva debe empezar por concientizar a la familia acerca de su principal e insustituible misión: establecer vínculos afectivos y efectivos sólidos que contengan a sus miembros, sobre todo en las diferentes crisis que le toquen atravesar y le permitan formarse como seres libres pero plenamente responsables. De seguro, la base que el adolescente requiere para tomar las decisiones correctas y librarse de esta clase de grupos estará en la familia, aunque como ya dijimos antes este es un punto escabroso puesto que la familia como institución se encuentra también en crisis por estos días. La posmodernidad y sus cirujanos plásticos han hecho que madres e hijas se confundan, que manejen prácticamente los mismos códigos. Lo mismo ocurre con los padres, quienes también convencidos de los beneficios de la eterna juventud posmoderna, se visten y se comportan como si también fueran adolescentes y dejan por lo tanto a sus hijos sin modelo.

Si tomamos la visión de la logoterapia, podemos decir que esta hace hincapié en los conflictos que se producen en la persona frente a la necesidad de adoptar una actitud ante distintos tipos de situaciones. Podríamos hablar de una tensión entre el ser y el deber ser. Desde esta perspectiva se hablará de una nodinamia, es decir de una dinámica espiritual por la que es necesario un cierto nivel de desequilibrio que actúe como motor en la resolución de problemas. A partir del conflicto, el ser humano tiene posibilidades de descubrir valores que lo lleven a responder a una vida con sentido. Sin embargo, este punto de vista se torna complicado si tomamos en cuenta, al menos a nuestro modo de ver, que precisamente la posmodernidad no se caracteriza por la abundancia de valores. Será entonces necesario inculcar valores en el adolescente ya desde su infancia, y volvemos entonces al punto de partida anterior: es decir que la familia se torna imprescindible puesto que nadie mejor para dicha tarea. Y justamente en el adolescente, sediento de ideales, es más que necesario brindarle modelos apropiados y enseñarle valores verdaderos. De lo contrario el riesgo es inminente y el adolescente en cuestión puede caer en conductas peligrosas y nocivas como la drogadicción, el alcoholismo, la delincuencia, en trastornos de la alimentación, etc.

Podríamos decir que el adolescente debe buscar un proyecto de vida, un futuro, pero esta era que nos ha tocado nos grita todo el tiempo que no hay futuro y que sólo importa el aquí y ahora. Y lo cierto es que si no hay un proyecto, si no hay esperanza, se busca algo que satisfaga ya, en el presente inmediato. Y este es el motivo, entre otros, por el cual el adolescente suele caer en algunas de las conductas antes mencionadas (drogadicción, alcoholismo). Acevedo, en su libro “El modo humano de enfermar”, define a estos adictos como seres con vacío existencial. ¿Y acaso puede hablarse de un vacío mayor que en la posmodernidad? Según el autor mencionado, las conductas adictivas expresarían la fractura de un proyecto de vida, serían una clara señal de que hay algo que altera o impide al hombre encontrarse a sí mismo y con los demás. La droga, por ejemplo, sería entonces la expresión de un vacío existencial, de una carencia de valores, de un estado de incomprensión que padecería el ser humano y que se manifestaría en la conducta adictiva. Es decir que estas sustancias adictivas serían usadas como quita penas y ante la ausencia de sentido y fractura del proyecto de vida.

Tenemos entonces al adolescente (alguien que requiere de modelos, de grupos de pares, de ideales, de proyectos, etc.) prisionero de una era donde los únicos modelos disponibles parecerían ser: músicos de rock al borde de una sobredosis de ácido lisérgico, políticos ineptos con cuentas suculentas en las Islas Caimanes, empresarios cuyo único fin es el dinero, otros adolescentes que viven su propio vacío participando en un reality show televisivo, mensajes a granel desde los medios publicitarios que aseguran que lo importante es la imagen y que el éxito es sinónimo de una tarjeta American Express dorada. Hoy por hoy, la gran meta adolescente parece ser la fama, la fama por la fama misma, sin mérito y sin razón de ser. Por otra parte, los padres de estos adolescentes también han comprado algunos de estos mensajes y ahora ellos mismos se ocupan de transmitírselos. Y para colmo de males, a algunos les ha tocado vivir en países que, como el nuestro, no ofrece al menos por ahora demasiadas salidas. Todo esto lleva a incrementar más el vacío, como una suerte de círculo vicioso que se retroalimenta con su propia vacuidad, impulsando al adolescente hacia una dimensión en donde solamente puede reinar la nada. Y hay que tener en cuenta que lo más grave no es que algunos de estos adolescentes tiendan a llenar esa nada con unos cuantos litros de cerveza, si es que eso fuera una situación pasajera que quizá con esfuerzo pudiera revertirse. Lo más grave es que esa presencia de vacío es lo que lleva muchas veces a los adolescentes a situaciones mucho más dramáticas. El filósofo francés Gilles Lipovetsky, en una reciente entrevista en la ciudad de Bogotá, decía que mientras la sociedad va más hacia lo lúdico y lo frívolo se vuelve más ansiosa. Y afirmaba que eso se manifiesta justamente en un aumento de la depresión e incluso en el aumento de suicidios.

La crisis de la mediana edad
Aproximadamente entre los 40 y los 50 años es frecuente que aparezca lo que se ha dado en llamar la “crisis de la mediana edad”. En este momento se puede intentar escapar de una realidad que no nos gusta, de ahí que los divorcios aumenten. A las mujeres se les agota el tiempo de ser madres y sueñan con bebés. El reloj biológico señala que el tiempo de la fertilidad se acaba. Se llega a la madurez y aparece la necesidad de evaluar lo que tenemos y lo que queremos, lo que soñábamos en la adolescencia y lo que hemos conseguido en la madurez. Tenemos ante nosotros la segunda mitad de la vida. La primera ya la hemos recorrido. Comenzamos a sentir los límites del tiempo, y esto nos conduce a evaluar lo que hemos hecho y lo que queremos hacer. Según el psicoanalista Erik Erikson en esta crisis el ser humano necesita aceptarse a sí mismo. Si lo consigue, la segunda mitad de su vida será creativa y placentera; en caso contrario, los problemas le provocarán una neurosis en la que los síntomas de la insatisfacción se llevarán gran parte de sus energías.

Esta crisis es un proceso a lo largo del cual se produce un conflicto interno que hay que resolver. En este momento de la vida, la persona se enfrenta a sus viejas ilusiones para averiguar qué sucedió con lo que había soñado ser y lo que había imaginado que iba a hacer.
¿Qué síntomas son los más habituales? Los más comunes son: aburrimiento, ansiedad, depresión, aislamiento y una relación de pareja distante o llena de malestar. La crisis de la mediana edad se produce, según explican los expertos, porque hay que enfrentarse a la idea de que la muerte es inevitable. Lo que nos hace sentir un poco solos.

También es importante, aunque más no sea a modo informativo, recordar brevemente algunos de los basamentos biológicos en los que se apoyaría esta llamada crisis de la mediada edad. Y para ello, habremos de mencionar algunas características en el hombre y en la mujer. Respecto a la mujer, podemos decir que el fenómeno biológico que acompaña la crisis en estudio es conocido como menopausia. Aquí aparecen cambios endocrinos.

El ovario deja de funcionar normalmente y las hormonas sexuales, sobre todo los estrógenos, decrecen. Fisiológicamente hay atrofia genital que dificulta las relaciones sexuales, inestabilidad vasomotora con sofocos y crisis de sudoración, atrofia de los senos y pérdida de la elasticidad en la piel. A diferencia de la menopausia femenina, que ocurre después de una repentina caída de los niveles de estrógenos, se cree que el cambio entre los hombres se debe a una pérdida gradual de la testosterona, la hormona sexual masculina más potente.

En el hombre, a este proceso equivalente al de la menopausia femenina lo llamamos andropausia. La condición puede aparecer en cualquier momento, aunque es más común entre los 45 y 50 años. Conjuntamente con los procesos mencionados, suele darse que en el ámbito familiar los hijos crecen, crean sus propias familias, ambos en la pareja están preocupados cada uno por su propia crisis de la mediana edad y, por si fuera poco, a veces a esto se le suma el convertirse en abuelos. Psicológicamente, la mujer reacciona de diferentes maneras: pasiva resignada o hiperactiva contrarrestando las pérdidas.

En lo sexual sin embargo, para la mujer pueden darse cambios favorables: desaparece el temor al embarazo por lo que se puede disfrutar con mayor libertad de las relaciones sexuales. Y además los modernos tratamientos con uso de estrógenos sustitutos favorecen el bienestar general al disminuir problemas vasculares y las alteraciones genitales, elevando a veces también el estado de ánimo.

En un típico caso de hombre en plena crisis de edad media vemos que este gradualmente pierde su ímpetu, fuerza, energía y entusiasmo para la vida y para el amor.

El hombre de acción se ha convertido de repente en el hombre de la inacción. Un cansancio mental y físico que lo envuelve todo desciende sobre él, a menudo sin razón aparente. Él cambia de ser una persona positiva, optimista con la que se está bien a un sujeto negativo, pesimista y depresivo con una mente dolorida y es cada vez más difícil vivir o trabajar con él. En la casa, las relaciones familiares tienden a volverse cada vez más restringidas, y la vida y actividades sociales menguan y se marchitan.

Y a esto se le suma, en muchos casos, alteraciones sexuales que pueden llegar incluso a la impotencia. En una nota de la agencia periodística Europa Press, el doctor Malcolm Carruthers, que ha estudiado por 10 años el fenómeno de la andropausia, dice que esta afecta más gravemente a los que vuelan más alto, al tipo de sujetos que “queman la vela por ambos extremos”, como se dice popularmente. Según este doctor, “la andropausia es considerada más predominante que hace 60 años, principalmente debido a los efectos del exceso de estrés, alcohol y otras variables de la presenta era”.

En los pasados tiempos de la modernidad, una mujer de 50 años debía conformarse con el retiro y una apacible vida como abuela protectora. Hoy en día esta situación se ha revertido bastante, en gran medida por el aumento de las perspectivas de vida. Por otra parte, frente a la realidad del aumento del desempleo masculino en el país, muchas mujeres debieron comenzar a “salir a la calle” para sostener económicamente a la familia, lo que provocó que muchas personas del sexo femenino empezaran a trabajar bien entrada la adultez. Y de igual modo, muchas otras mujeres han decidido empezar carreras universitarias o retomar estudios que habían delegado en el pasado para dedicarse a sus hijos, ahora grandes.

Pero no todas las personas pueden reaccionar así ante una situación de crisis, y lo cierto es que a un gran número de personas estas crisis logran realmente abatirlas, mostrándolas en extremo deprimidas. Así, tienden a recordar constantemente sus fracasos, los aspectos negativos de su vida y se recrean en ellos, los agrandan, exageran y terminan generalizando esos hechos negativos (que pueden ser reales o no) hacia su vida futura.

Con lo cual terminan sintiendo gran temor por su futuro, les asusta cualquier proyecto nuevo, porque piensan que volverán a fracasar, y ante la posibilidad de volver a sufrir, prefieren inhibirse, no participar, no ilusionarse. Se sienten, al final, incapaces de dirigir su propia vida.

Desde los orígenes de la humanidad, las sociedades humanas siempre han estado cambiando, Heráclito pensaba precisamente que los cambios constantes eran los rasgos más básicos de la naturaleza. “Todo fluye” decía, por eso “no podemos bañarnos dos veces en el mismo río”. Hoy, al compararlo con el presente, vemos el pasado como un lento transcurrir evolutivo, con cambios lentos y esporádicos, mientras que actualmente el cambio en conocimientos, técnicas y en la sociedad se da en tal magnitud que podríamos decir (parafraseando al filósofo) que nunca una persona se despierta dos veces en la misma sociedad. Nada parece así seguro, ni estable, ni imperecedero.

Frente a tanta transformación constante el ser humano sólo puede optar por lo siguiente: O se deja llevar (siempre y cuando no se comprometa su supervivencia); o se constriñe, sufre, se tensiona; o se enajena de su propia existencia como humano. Y ante esta posmodernidad con sus cambios constantes, con sus frívolas exigencias de juventud perpetua, con sus inalcanzables modelos de éxito con los cuales se vuelve imposible dejar de compararse, ¿cómo puede posicionarse la persona para afrontar su crisis y no desfallecer?

La globalización (este gran monstruo posmoderno), síntesis de una nueva manera de concebir a los individuos y sus relaciones entre sí y con el mundo del trabajo, promueve una realidad mucho más temible de lo que aparenta. Ricardo Forster sostiene que, tras la lógica del mercado, de la producción masiva de bienes, el individuo (en el sentido de sujeto autónomo, creador y transformador) se ha desdibujado. Actualmente, “lo que lo referencia no es lo que piensa”. En un mundo en el que “el individuo se vuelve objeto y lo objetos se tornan lo prioritario, son lo que viven”, cabe preguntarse, junto con el investigador: “¿qué tipo de hombre se está forjando?”.

A los individuos de mediana edad les asalta a menudo la duda de si acaso no deberían haber vivido su vida de una manera absolutamente distinta a como lo han hecho hasta hora. Y quizá aquí radique en gran parte el centro mismo del problema en estudio. Esto, claro, puede ser vivido como una apertura de posibilidades liberadoras, pero al mismo tiempo como una presión para que una y otra vez se busque el sentido a las nuevas realidades que asaltan la vida. Y tal vez entonces es ese sentido, ese que no se encuentra, el principal generador crisis.

El autor anterior, Ricardo Forster, nos dice que “El hombre posmoderno no mira hacia atrás ni hacia delante sino que sencillamente mira su propio ombligo”. Y esto, probablemente, pueda ser una suerte de defensa para evitar lo que, de lo contrario, se volvería en nuestra contra para desatar la mas devastadora crisis. Esta se produciría entonces, inevitablemente, al no llevar a cabo esa suerte de “contemplación del ombligo” que evita que miremos más allá en el tiempo. ¿Por qué? Por que de hacerlo, de intentar echar una mirada hacia la mitad de vida ya recorrida y echar otra mirada hacia aquella otra mitad que aún nos aguarda, quizá caeríamos inevitablemente en la tarea penosa de comparar aquello que soñamos (con todo el idealismo adolescente) con lo que hoy hemos sabido conseguir. Y este hoy, eso que somos, tal vez también tendría que ajustarse a los modelos exitosos imperantes (parecer 20 años menos, tener una suculenta cuenta bancaria, un cuerpo de gimnasio, quizás incluso fama, etc.).

Y con tales modelos, las posibilidades de salir airosos de un balance semejante no son muchas. Y ni hablar entonces si miramos hacia el futuro, si intentamos proyectarnos hacia el mañana, porque si en algo se caracteriza la posmodernidad es en la ausencia de mañana. Sólo se vive el hoy, el aquí y ahora eternamente. Y el cuestionamiento que desata la gran crisis al llegar a la mitad de la vida, tal vez acontezca cuando uno repara en que sólo le queda, con suerte, otra mitad, y cuando entiende que no quiere vivir esa mitad siguiente de la misma manera. Pero el problema esta precisamente en eso: ¿cómo vivirla entonces sin hacer un proyecto, si se vive en una era sin futuro? ¿Cómo hallar un sentido compatible con esta inconcebible posmodernidad?

¿Qué hacemos con los más viejos?
Continuando con lo que venimos desarrollando a lo largo de este trabajo, el tema de la crisis del hombre posmoderno surge con la globalización entendida como un fenómeno que se inscribe en un proceso de transformación a largo plazo de las sociedades, cuyas consecuencias más visibles en Occidente son las fracturas en lo que hace al rol de las instituciones, en la relación entre el trabajo y la economía y, fundamentalmente, en el tema que nos interesa como futuros psicólogos: en la constitución de las identidades individuales y colectivas.

Desde esta perspectiva es posible enfocar la problemática particular que atraviesan las personas que se hayan en la etapa de la vida denominada “Tercera Edad” y cómo se ven afectadas por estos cambios y transformaciones sociales, económicas y culturales.

En lo que se refiere a la constitución de las identidades en esta época, sabemos que una adecuada pertenencia a un ámbito colectivo permite construir una identidad más sana junto con otros y asimismo satisfacer las necesidades individuales. Podríamos plantear que actualmente existe una fuerte tendencia al individualismo en tanto hecho sociológico, lo cual significa el derrumbe, la fragilización de los vínculos entre las personas y de los vínculos comunitarios. Esta suerte de disolución de lo colectivo conlleva una gran presión para el individuo. El sujeto recibe una serie de presiones de todo tipo y en la mayoría de las veces no cuenta con un grupo social que funcione de apoyo o red social. En el contexto de una sociedad competitiva, el hecho de ser un individuo aislado implica una necesidad permanente de automejoramiento (de tener que trabajar todo el tiempo para ser mejor).

Parecería que hay que “pedalear” y no parar. Y esto implica para la mayoría de los sujetos una mayor fragilidad psíquica, una mayor indefensión, una mayor vulnerabilidad. De modo que este individualismo contemporáneo termina generando un repliegue del sujeto sobre sí mismo. Y esto es observable directamente a nivel de la familia como institución. En esta época encontramos grandes diferencias entre el modelo tradicional y los modelos actuales de familia.

Podríamos decir que estos nuevos modelos se definen por nuevas modalidades de vínculos. Ya no circulan los afectos de la misma manera que antes, parecería que circulan de una manera más “light”. En la familia de los italianos, (por citar un ejemplo significativo para muchos de nosotros), cuando había una discusión se agarraban a piñas, se decían de todo, se querían matar, y después se abrazaban y lloraban todos juntos. La circulación de los afectos era más intensa, vital. En muchos casos, la familia hoy parece reducirse a un espacio contractual.

Esto vinculado al hecho de que se ha producido una fragilización de los lazos de parentesco y la familia en occidente tiende a recluirse en sí misma y cada vez más se deja de incluir a todos sus miembros en la historia de las generaciones. Es en este contexto donde podemos ver cómo los abuelos ocupan nuevos lugares en la familia y la sociedad. Parecería que son unos “viejos” que están allá lejos y se los ve muy poco o bien no se los ve nunca como al resto de la familia extensa. Ya no interesa juntarse porque cada uno tiene sus propias actividades y no siempre se está dispuesto a renunciar a ellas.

Cada uno hace lo que puede en este espacio contractual de la familia contemporánea. Paralelamente, el alargamiento de las expectativas de vida como consecuencia del desarrollo de la medicina, significa que cada vez con más frecuencia en el seno de una familia se da la coexistencia de hasta cuatro generaciones.

Este hecho provoca dificultades inéditas porque genera el problema de las personas mayores: ¿qué hacemos con los más viejos?. Más aún considerando que en un contexto social de baja tasa de natalidad, los más viejos se van a acumular en un extremo de la escala y cada vez serán más, mientras que, por otro lado cada vez hay menos gente en el proceso productivo que genere los recursos para darle de vivir a los de la tercera edad.

Obviamente no tenemos respuesta a estos interrogantes pero en un panorama como el que estamos describiendo resulta indispensable que como futuros profesionales de la salud mental, podamos intentar reflexionar acerca de esta problemática con vistas a comprender más ampliamente la conflictiva no sólo de los sujetos que se encuentran en esta etapa de la vida sino también la de quienes conviven o cuidan de ellos.

La Tercera Edad: Una etapa vital con sentido
Siguiendo a Erikson en su planteo de las diferentes etapas de la vida, podemos decir que para muchas personas la tercera edad es un proceso continuo de crecimiento intelectual, emocional y psicológico. Es aquí cuando se hace una suerte de resumen de lo vivido hasta el momento, y es posible lograr felicitarse por la vida que se ha conseguido, reconociendo asimismo los fracasos y los errores. Es un período en el que se da la oportunidad de gozar de los logros personales y contemplar los frutos del trabajo personal que serán útiles para las generaciones venideras.

La vejez constituye la aceptación del ciclo vital único y exclusivo de uno mismo y de las personas que han llegado a ser importantes en este proceso. Supone una nueva aceptación del hecho que uno es responsable de la propia vida. Aproximadamente comienza alrededor de los 65 años y se caracteriza por un declive gradual del funcionamiento de todos los sistemas corporales. Por lo general se debe al envejecimiento natural y gradual de las células del cuerpo. A diferencia de lo que muchos creen, la mayoría de las personas de la tercera edad conservan un grado importante de sus capacidades cognitivas y psíquicas.

A cualquier edad es posible morir. La diferencia estriba en que la mayoría de las pérdidas se acumulan en las últimas décadas de la vida. Es importante lograr hacer un balance y elaborar la proximidad a la muerte. En la tercera edad se torna relevante el pensamiento reflexivo con el que se contempla y revisa el pasado vivido. Aquel que posee integridad se hallará dispuesto a defender la dignidad de su propio estilo de vida contra todo género de amenazas físicas y económicas. Quien no pueda aceptar su finitud ante la muerte o se sienta frustrado o arrepentido del curso que ha tomado su vida, será invadido por la desesperación que expresa el sentimiento de que el tiempo es breve, demasiado breve para intentar comenzar otra vida y buscar otras vías hacia la integridad.

El duelo es uno de las tareas principales de esta etapa, ya que la mayoría debe enfrentarse con un sinnúmero de pérdidas (amigos, familiares, colegas). Además deben superar el cambio de status laboral y la merma de la salud física y de las habilidades. Para algunas personas mayores la jubilación es el momento de disfrutar el tiempo libre y liberarse de los compromisos laborales. Para otros es un momento de estrés, especialmente de desprestigio, dado que muchas veces el retiro supone una pérdida de poder adquisitivo o un descenso en la autoestima.

Si el sujeto ha sido incapaz de delegar poder y tareas, así como de cuidar y guiar a los más jóvenes; entonces no sería extraño que le resulte difícil transitar esta etapa y llegar a elaborar la proximidad de la muerte. Estas personas se muestran desesperadas y temerosas ante la muerte, y esto se manifiesta, sobretodo en la incapacidad por reconocer el paso del tiempo. No lograron renunciar a su posición de autoridad y a cerrar el ciclo de productividad haciendo un balance positivo de la vida transcurrida.

Es la etapa en la que se adquiere un nuevo rol: el de ser abuelo. El nieto compensa la exogamia del hijo. La partida del hijo y la llegada del nieto son dos caras de la misma moneda. El nuevo rol de abuelo conlleva la idea de perpetuidad. Los abuelos cumplen una función de continuidad y transmisión de tradiciones familiares. A través de los nietos se transmite el pasado, la historia familiar.

Para finalizar podemos plantear que una vejez plena de sentido es aquella en la que predomina una actitud contemplativa y reflexiva, en la que se da la posibilidad de reconciliarse con los logros y fracasos personales. Lo ideal sería lograr la aceptación de uno mismo y aprender a disfrutar de los placeres que esta etapa tiene para brindar

Conclusión
De lo expuesto hasta aquí, ya habiendo recorrido las tres edades elegidas (adolescencia, mediana edad y vejez), podemos deducir que las crisis propias y particulares de cada una de esas etapas tienen un denominador común en esta era. Más allá de los conflictos que traen aparejados de por sí cada uno de los distintos procesos evolutivos, este denominador común que complejiza la situación es el que podríamos llamar “componente posmoderno”.

Ya hemos desarrollado algunas de sus características y de sus implicancias, ya hemos hablado del creciente individualismo, del detrimento de los valores, de lo material elevado a la categoría de valor, del éxito asociado ineludiblemente al dinero, de la búsqueda de fama por la fama en sí, de la cultura de la imagen y la frivolidad, de la globalización como un implacable monstruo que potencia la voracidad desalmada de esta época, del aquí y ahora perpetuos, del no mirar atrás y de la imposibilidad de proyectarse hacia un futuro en el que se descree.

Y habiendo recorrido estos conceptos, no podemos menos que concluir que el problema central de la crisis del hombre –más allá de la edad en cuestión– habrá de ser fundamentalmente el más angustiante vacío existencial. Tal vez, después de todo, las grandes preguntas del hombre no han variado tanto con los tiempos.

Lo más probable es que muy dentro nuestro y acalladas acaso por la ruidosa era que nos toca, palpiten todavía las mismas preguntas que otrora se hicieran los primeros cosmólogos: “¿De dónde venimos?, “¿hacia dónde vamos?”. Y tal vez esta posmodernidad, que no sabe de tiempos y que se empecina en anclarnos al presente, no permite siquiera que intentemos improvisar una respuesta. Quizás incluso, al no saber entonces nuestro origen y al no saber tampoco nuestra meta, se nos hará imposible conocer quiénes somos y en definitiva estaremos condenados a la continua búsqueda de una identidad que nunca alcanzaremos.

Pero para no entrar en polémicas confusas, de esas que suelen prestarse a los más contradictorios y cuestionables planteos filosóficos, procuraremos remitirnos simplemente al concepto de uno de los autores trabajados en la presente monografía (Gilles Lipovetsky), quien nos hablaba de esta era como de “la era del vacío”, y consecuentemente concluiremos en que el eje central de la crisis del hombre posmoderno se halla precisamente allí, ni más ni menos que en esa vacuidad, en esa nada, en el más profundo e insaciable vacío existencial.

Bibliografía

  • G. Lipovetsky. “La era del vacío”. Anagrama. España. 1993.
  • A. Aberastury, M. Knobel. “La adolescencia normal”
  • O. Oro. “Psicología preventiva de la salud”. Ediciones Fundación Argentina de Logoterapia Victor Frankl. 2001.
  • G. Acevedo. “El modo humano de enfermar”. Ediciones Fundación Argentina de Logoterapia Victor Frankl. 1985.
  • Erikson, Erik. ”Identhy and life Cycle”. NY, Norton. 1980.
  • Gross, Richard. ”Psicología de la ciencia y la conducta”. México, D.F. 1994.
  • Página de internet consultada:http://www.geocities.com//tomaustin_cl/soc/index.html

Lic. Daniel A. Fernández – PSICÓLOGO danalefernandez@yahoo.com.ar

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