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La Necesidad de Molestarse (Enfermarse)

enfermoYa en los albores de la civilización, los médicos antiguos llamaban la atención por el hecho de que el principal factor causal de las enfermedades – al Menos de las enfermedades graves – es la conducta.

El psiquismo es, por tanto, fundamental para la conservación de la salud y, al modelar el comportamiento de las personas, tiene el poder de multiplicar la vulnerabilidad biológica del cuerpo, abriendo las puertas para las manifestaciones orgánicas de las enfermedades.

Todo se pasa. Pero como si enfermarse obedeciese a una necesidad del individuo, de tal forma que la enfermedad o la salud serian “opciones de vida del sujeto dueño de ese cuerpo”. Y por que habría tal necesidad y la opción, inconsciente, para enfermarse? Muchas serian las razones posibles, actuando individualmente o en conjunto.

La primera de ellas, ya abordada arriba, nos explicaría la enfermedad como una válvula de escape de los conflictos intra-psíquicos y emocionales. El más rico y el más saludable ego del mundo, tiene su límite y su medida de resistencia. En el caso del ego frágil/débil, no en demasía, esto es, de las personas que no están seguras y tranquilas interiormente, ese límite será mas abajo, y tanto mas bajo, cuanto mayor es la flaqueza y el desasosiego interiores. En dependencia de la gravedad del conflicto y de la intensidad de la agresión al equilibrio psíquico. El ego (el yo de la persona) tendrá, en los síntomas orgánicos, la única alternativa para su desagregación.

En el caso de un empresario que sufre un infarto cuando se encuentra con dificultades en su empresa o de la madre que sufre un “derrame” por no soportar una vida familiar conflictiva e insatisfactoria.

Recientemente tuvimos un claro ejemplo de esto, en el caso de la madre de un conocido político, sacado del cargo por denuncias de corrupción originadas en el propio medio familiar: el dolor, y el sufrimiento, la sensación de vergüenza y humillación de esa madre fueron tantas que, insoportables, obligaron a su organismo a “descargar”. Y el miembro de la familia que denunció; al parecer todo el caos que había causado con sus denuncias, como consecuencia de esto desarrolló un tumor en el cerebro, como un proceso auto-destructivo, por el conflicto y culpa que lo asolaron.

En estos casos, la enfermedad, por más paradojal que parezca es el precio a pagar por mantener la vida dentro de los límites posibles. Ocurrió en estos ejemplos, pero no tanto, como ocurre frecuentemente en el empleo de los mecanismos de defensa, en donde los caminos escogidos por el ego para hacer frente al conflicto resulta más destructivo para el organismo, probablemente, que la propia agresión original.

La segunda, pero no menos importante y quizá hasta más frecuente razón para la necesidad de enfermarse es la ya referida incapacidad de la persona de expresar en forma adecuada (también verbalmente) sus emociones, haciéndolo pues, como ya precisamos, por la lenguaje de los órganos. Hay acá, alteraciones de las facultades del propio individuo, en una faceta cruel: el contexto cultural de nuestra sociedad occidental, donde en regla no hay espacio ni tolerancia para las manifestaciones de afecto, exteriorizaciones de las emociones o del sufrimiento psíquico.

Esa postura intolerante adelante del sufrimiento psicológico queda evidente en el propio comportamiento de los médicos con relación a este tipo de dolor. Hay entre ellos una tendencia a jerarquizar enfermedades, de suerte que se ponga la enfermedad visible físicamente como merecedora de atención y capaz de amenazar la vida del individuo, al paso que aquel que sufre sin presentar alteraciones orgánicas es relegado a la condición de portador de “enfermedades de segunda categoría”, poco merecedor de atención, y cuidados.

Esta visión equivocada se extiende a los demás integrantes del grupo social, incluso familiares, de tal manera que la persona pasa a tener vergüenza de su dolor psíquico y a no tener espacio – ni coraje – para expresar la angustia generada por el conflicto psicológico.

Siendo así, imposibilitada de exteriorizar el sufrimiento, entonces aquí la persona lo incorpora a la intimidad de algún órgano y hace – inconscientemente, resaltar ese “sufrimiento físico en una tentativa de discurso para legitimar la posibilidad de entendimiento de su daño”. El individuo hace entonces del cuerpo el palco para la expresión de su angustia.

Tomemos como ejemplo, el caso del empresario que pasa por un conflicto en su empresa: delante de las dificultades y no soportando el sufrimiento y la angustia, el sufre un infarto, todos le darán amparo y solidaridad y ello será visto como lo que lo tumbó en el campo de batalla: casi un héroe, por tanto. Pero si en base al mismo sufrimiento y angustia, el echara a llorar y lamentarse a si mismo de su dolor, recibirá en lugar de solidaridad, desprecio (abierto o velado) y, en vez del guerrero valiente que murió combatiendo, será visto como una persona débil que no soportó la lucha.

Otro motivo a considerar en la necesidad de enfermarse es el deseo de auto castigo. Se menciona a las personas que, en nivel inconsciente, se sienten culpables y merecedoras de castigo (caso del hermano del político referido anteriormente que creo el tumor cerebral).

Tales personas mantienen, en su propio cuerpo, una relación ambivalente de amor y odio: se preocupan con esto más que el “normal”, pero alimentan el deseo de castigo. Se desprecian a si mismas. Se sienten portadoras de algo malo a ser extirpado y tienen el ejemplo mayor en los “polioperados”, esto es, aquellos individuos que se someten a muchas cirugías a lo largo de la vida.

Estos son los pacientes que van al médico, “no con vistas a aliviar su sufrimiento, pero sí con el objetivo de extirpar algo de si mismos”, esto es, de ser cortados, mutilados. Es común que ya tengan hecho una simplificación de su sufrida persona por medio de la retirada del apéndice, de la vesícula, de quistes y miomas de ovario y útero, de pólipos etc.

Una última razón, por fin, justifica la opción por el enfermar: los llamados beneficios secundarios que, en nuestra cultura, la enfermedad orgánica trae consigo. Así, al enfermar el individuo regresa, como si volviese a ser niño, pasando a ser objeto de atenciones y cariños especiales de los otros. Para muchas personas, aunque no para todas, la enfermedad y el reposo en la cama satisfacen sus necesidades de dependencia, y ellas casi reciben de brazos abiertos esa oportunidad.

Cuando éramos niños y por cualquier razón estábamos angustiados y sufriendo, llorábamos, y nuestro llanto era señal para que la madre y otros adultos viniesen en nuestro socorro y nos llenasen de cuidados. Después, de adultos, la enfermedad muchas veces y para muchas personas, hace las veces de este llanto y es el camino para revivir aquellas mismas carencias y necesidades de la infancia.

A pesar de esto, hay otras ventajas de naturaleza más práctica: la persona enferma está exenta de otros papeles sociales normales: no necesita ganar su sustento, trabajar etc. y – mucho más importante – no es responsable por la enfermedad, recibiendo así la indulgencia social. “El ideal seria que las personas muriesen de tanto vivir”.

René Weigher
Hipnólogo Clínico

 

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