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Los Allegados a un Suicida: Ser Afectados por el Acto

stk64827corLa muerte es nada para nosotros,

porque cuando nosotros somos,
la muerte no está presente
y cuando la muerte está presente,
entonces ya no somos nosotros.
Enrique de Epicuro.

“Se equivocaría por completo quien identificara
ésta huida ante la muerte con una indiferencia
hacia los muertos.
En realidad, lo que de verdad ocurre
es al revés”

Phillipè Ariès

M. no puede salir del dolor por el suicidio de su hermano de 24 años, seis años menor que ella. De forma abrupta, él se encierra en el sótano de la casa y luego de más de veinte cigarrillos, muere por inhalación de monóxido del auto que compartían con otro mayor a ellos.

M. recorre en su tratamiento durante meses los recuerdos de la escena, en un estado que va desde la negación (“¿de que vamos a hablar?”, “no se me ocurre nada”, “está todo bien”) hasta la criptación del dolor, en un estado que llamo de inquieta depresión. Pocas veces se le llenan los ojos de lágrimas y casi la mayor parte de sus sesiones, las pasa mirando por la ventana un punto del infinito. Una sesión en que esto se hacía evidente y en la imposibilidad de mirarme a los ojos y hablar de su hermano, le pregunto adónde mira cuando mira por la ventana. Dice: “el cartel que está enfrente” (consultorios externos) “es que no entiendo nada, no lo acepto, no puedo entender que no esté”.

La época de las primeras fiestas de fin de año y la proximidad del cumpleaños de su hermano la precipitan a un mayor hermetismo y, aunque se preocupa por asistir a sus consultas y explicar las ausencias, los argumentos son inconsistentes y ella misma dice que no ve progresos, que nada de lo que hable le va a devolver a su hermano y que daría cualquier cosa por cambiar el lugar con él.

Le digo que es cierto, que nada le va a devolver a su hermano pero que las sesiones le van a permitir comprender algo más, del hermano y de ella.

Sigue.

Quiere estar siempre acompañada y a la vez dice que eso es inútil porque no soluciona las cosas. Desea vivir con su novio pero le cuesta abandonar el lugar donde vive.

H., su hermano mayor, le propone comprar su parte de la casa para que pueda comprar algo propio, pero esto no la complace del todo. Tendría solo plata –dice- pero ¿que voy a hacer con eso?

Su familia dispuso casi desde siempre de un buen pasar económico, su padre fue el sostén de la familia de origen y de la propia. Traía de sus viajes regalos para todos. Casi es lo único que habla de él.

La ambivalencia es permanente en los afectado por suicidio y remite a la dificultad de sortear la pérdida, anulando el acto y haciendo del pasado un presente continuo que intercepte la muerte.

El lugar del analista le permite aceptar no solo ese estado de ambivalencia temporaria que genera enojos y fastidio sino ir encontrando nuevos modos de mirada respecto del suicidio.

Luego de algunos momentos de gratificación afectiva que intenta evitar a toda costa, me pregunta: “¿Cómo se puede estar bien después de esto?”, “No tengo modo de aceptar estar bien, todo me duele”.

M. marca un punto extremo de afectación. Su padre se había pegado un tiro en la sien, hace diez años y su madre seis años antes de él con pastillas, luego de años de depresión intermitente.

La frase dirigida a su hermano mayor inmediatamente luego del suicidio de G.: “¿y dentro de 8 años quien sigue” parece replicar a cada instante.

“Lo de ellos no me afectó” –dice de los padres-, “jamás me importó que se hayan muerto, lo entiendo, es así. Lo de G. jamás lo voy a entender, era joven, ¿por qué?, ¡yo lo había cuidado siempre!”.

Anular la muerte con conductas no hace más que marcar su impronta letal.

A ella le llamaba la atención la sobreexigencia laboral de su hermano mayor y por otro lado sus propias e insistentes conductas de riesgo –desbordes de crisis, episodios de adicción al alcohol, etc.- y la imposibilidad de tener una meta clara en su vida, una carrera o una familia.

Su novio la saca un poco de ese estado unos meses antes del suicidio de G. “¿Por qué él no pudo buscar algo? No puedo sacarme esa idea” –dice-, Le digo que no tiene que sacarla, que hay que hacer otra cosa con esa idea. Algo mejor que lo que pudo hacer G. con la de él.

El trabajo analítico con afectados implica un recorrido anterior al trabajo de duelo propiamente dicho. Implica realizar un entretejido entre las ideas precipitadas por el acto y los pensamientos y deseos previos. Si la idea respecto del suicidio se torna un saber en si mismo, un dominio sobre los por qué de los suicidas, el saber inconciente no tiene posibilidad de incluirse en el psiquismo con una marca en la historia que no sea la de morir o dominar el morir.

Nadie domina la muerte y en ese intento se nos puede ir la vida misma.

Considero al trabajo con afectados un trabajo de prevención del suicidio, pero un trabajo analítico con aristas particulares que es imprescindible conocer.

El padre de M. y su hermano menor, también estuvieron afectados por un suicidio , el de la madre pero no dispusieron de herramientas para soportar el dolor y el desconcierto. Cuando este trabajo no se realiza, el acto suicida queda forcluído, escindido, separado del contenido ideativo del pensamiento y será un “caldo de cultivo” para el futuro, donde la resignificación del modo de morir se cristalice como resolución válida frente a conflictos extremos o situaciones vitales cercanas a la muerte.

Este trabajo analìtico, netamente individual, se ve favorecido con el trabajo simultáneo, anterior o posterior en grupos de afectados donde se trabaja la ideación propia y la de los otros, la marginación social, el enojo, la impotencia, etc. Todas experiencias comunes, pero en función de reconocer las diferencias de posición, de experiencia, de dolor, etc.

Las ideas en torno al suicidio ya no se consideran entonces anormales o irracionales sino producto del estado cercano a un acto extremo. El alivio vivenciado en el trabajo grupal con afectados es inicialmente percibido por dejar de ser “parias” sociales marcados por el suicidio y rechazados por la cultura, y luego por saberse reconocidos como emergentes de un acto que de natural no tiene nada.

Decía Ariés que “se equivoca por completo quien identificara la huida ante la muerte con una indiferencia hacia los muertos. En realidad, lo que de verdad ocurre es al revés”. Ginette Rimbault, reconocida psicoanalista francesa corrobora diciendo que en occidente predomina frente a la muerte una “voluntad de ignorancia”. Como dice Heidegger “nadie puede tomarle a otro su morir” (…) “cada uno se escuda con un saber superficial (…) y “mientras el muriente hace su propia muerte, los que lo acompañan hacer la muerte ajena”.

Pero como es entonces el trabajo terapéutico con los afectados si las marcas que el suicidio deja en la historia particular de cada uno son marcas sin significación histórica para el sujeto. Dice Alizade[5] (1996, Pág.36) que “toda vida implica necesariamente toparse con las marcas de ser mortalPor tales entiendo situaciones que aproximan vertiginosamente al sujeto la idea de su finitud a través de experiencias o vivencias directas que lo ponen en contacto con su estado (…) de ser perecedero.(…) Estas marcas graban en el psiquismo improntas de ser mortal (que) se ejecutan sobre la propia carne. Un lugar, una función del cuerpo son señalados con la muerte. Marcan una localización de pérdida”. Y agrego: “cuando la localización de pérdida no ha podido ejercerse en palabras dichas, significantes de aquello imposible de ser dicho por completo estas marcas quedan desprovistas de inserción y retornan luego en síntomas o actos, ideación extrema donde los recursos del psiquismo suelen ser escasos.

M. dice: “Tengo la sensación del olor, olor a gas, cuando voy en el auto o en taxis siento olor a gas, pienso que va a explotar. El otro día venía en el subte (metro) y sentía olor a quemado(burn), casi tuve que bajarme. Cada vez que vengo me pasa. Si voy a otro lado también, pero casi no salgo”. Solo después de varios meses puede vincularlo con el suicidio, “en realidad no puedo bajar al garage. Las fotos que hablamos, todo está en bolsas de consorcio (negras) ahí guardadas, nunca las acomodamos.” Los tres hermanos luego de la muerte del padre, venden la casa familiar y compran un duplex donde G. se suicida el año anterior.

M. sigue: “la habitación de G. está toda desordenada, bueno, la mia también es un lío, no quiero entrar a buscar nada”.

El tratamiento suele demandar del analista tolerancia para esperar los momentos en que el acto analítico permite la apertura de una brecha en el sujeto a su demanda, apartando las certezas y la búsqueda de respuestas plenas.

Cuando las sesiones se instalan en una monotonía sin palabras es función del analista poner un acto (analítico) donde solo hay goce y muerte.

M. había salido sin ganas a unas breves vacaciones con su novio. Le pido esas fotos. Me dice que las trae si yo llevo las de mis vacaciones. Acepto.

La sesión siguiente viene tímidamente entusiasmada. Me pregunta si traje las fotos, confirma que trajo las suyas. Compartimos una historia.

Le seguirán algunas que hacen un recorrido de su vida, su niñez, su adolescencia algunos logros de su juventud, luego nada. Dice que en sótano hay más. “Es un álbum chiquito pero me gusta” , un tiempo anterior al suicidio del padre, pero no pienso buscarlas.

De las fotos que si trae explica: “¡Qué bien que estaba!, pero era un ambiente de mierda, todo superficial, a nadie le importaba nada. De estas amigas a una ya no la veo más y la otra está en el exterior.”

Queda sola. Esta sensación subjetiva de estar a la deriva la lleva a extremos. Al año del suicidio del hermano y en un momento de congoja dice: “hay cosas que no puedo decir, ni siquiera pensar que me pasaron”. Le digo que hay un tiempo para esperar poder decir lo que avergüenza.

Analíticamente hay que saber esperar activamente el surgimiento de lo rechazado para poder darle un lugar, sin apresurarse ni insistir, pues insistir cae del mismo lado violento del acto suicida.

El trabajo con afectados por suicidio implica un recorrido que exige al analista, a cualquier profesional que asista, de un tiempo de espera, de la posibilidad de estar disponibles, pues ellos prueban la evidencia de rechazo al suicidio. Necesitan corroborar en el profesional que puede soportar el horror, el desconcierto, la imposibilidad de respuesta única, la pregunta sin respuesta.

Enigma, legado y participación son ejes de trabajo teórico con afectados por suicidio. Se busca una respuesta al suicidio, se busca un culpable y se busca y se cree en un destino a partir de aquel. Sea a sabiendas o no.

El suicida ha querido desprenderse de los lazos para que todo continúe sin él, sin percatarse de la imposibilidad de esto, pues lo que estaba no puede no dejar marca y en el suicidio la marca se hace a sí misma en el discurso, eterna.

 

Antonio Di Benedetto comienza su libro “Los suicidas” (1969) con ésta frase: “Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. “Hay que averiguar, pesquiza propia”. En acontecimiento de los 25 años del suicidio del padre cita: “El nicho de papá luce cuidado, seguramente mamá lo preparó ayer y hoy vendrán todos. “Tu esposa e hijos no te olvidarán” promete la inscripción de la placa. Desde el pequeño retrato, papá, con una mirada penetrante y alerta, observa. ¿Ante el fotógrafo pudo imaginar que, con esa mirada despierta que dirigía a la cámara, nos miraría para siempre detrás del vidrio?

El vidrio me refleja y se me ocurre que se ha salido del cuerpo mi imagen interior, que es igual a la exterior, y ha querido escurrirse adentro del nicho.

Pero no está más allá del vidrio, se ha quedado en la superficie y esa es una zona intermedia, entre adentro y afuera”.

He tomado a M. como representante de más de 300 pacientes atendidos desde el año 2001 en el CAFS de Bs As Argentina. Se han realizado más de 50 intervenciones comunitarias que abarcaron una población de 2500 pacientes entre alumnos, familiares, amigos y docentes de suicidas. Hoy la institución está abocada a difundir el trabajo en prevención que los dispositivos analíticos permiten realizar con la afectación por suicidio.

Esperamos para los afectados entonces poder acercar con el psicoanálisis alguna interrogación que permita retornar de ese afuera de la vida.


Afectados: término que hace referencia a los familiares y amigos de un suicida. No aceptamos la denominación “sobrevivientes”, usada hasta estos días pues establece un concepto fijo que designaría a todos y no hace referencia a los que padecen o tienen dificultades por la experiencia vivida.

 

Ariès, P. (1977) La muerte en Occidente. Barcelona, Argos Vergara, 1982.

Rimbault, G. (1975) El niño y la muerte. Madrid,, Saltés.

Heidegger, M (1926) El ser y el tiempo. Mexico, Fondo de de Cultura Económica, 1967.

Alizade, A.M. (1996) Clínica con la muerte. Buenos Aires, Amorrortu.Ed.

Altavilla, D. Suicidio y dolor de existir. Trabajo presentado en el II Congreso Internacional de Suicidiología. Corrientes, 2006

Di Benedetto, Antonio. “Los suicidas”. Hidalgo Editores. Bs As, 1999

 

Lic. Diana Altavilla
psicóloga-psicoanalista
Coordinadora equipo asistencial del Centro de atención al Familiar del Suicida

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